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El alarido del reloj despertador lo hace inclinarse con premura
hacia el extremo derecho de la cabecera de la cama, donde está la mesita de
noche. Presiona la palanquilla que hace callar a la garganta metálica. Se
levanta. Los pies desnudos sobre las baldosas frías. Recuerda las palabras de la
madre: procura no levantarte descalzo acabado de dormir, es peligroso, podrías
enfermarte y luego... Busca en vano con la vista sus pantuflas. No las
encuentra. Sale de su cuarto. La alfombra tibia bajo los pies. Camina por el
corredor. Pasa frente a la habitación de la hermana, enseguida la de la madre;
la puerta entreabierta: ella debe de estar abajo, en la cocina, preparando el
desayuno. Se detiene un momento ante la puerta del lavabo. La mano derecha sobre
el picaporte. Mira hacia el final del pasillo. Allí encuentra a Félix, a pocos
metros de la escalera, ronroneando dentro de su cesta.
Esta mañana no se siente con ánimos para acercarse hasta él en
puntillas (siempre lo había hecho, sin embargo, ahora, después de este sueño, de
esta pesadilla... no, no se atrevería) y de un puntapié enviarlo hasta la planta
baja a través de las escaleras. Félix levanta la cabeza estirando el cuello
corto. Lo mira con sus pupilas abismales. Él siente un repugnante escalofrío que
le recorre todo el cuerpo. Gira el picaporte y desaparece apresuradamente del
pasillo.
Al salir del lavabo deja tras de sí la resonancia habitual que
verifica el alivio de las mañanas. Regresa a su cuarto. La mirada inconsciente
hacia el reloj. Caramba, cómo vuela el tiempo. Se arregla deprisa: los jeans, el
suéter, los zapatos deportivos. Se tarda un poco más en el cabello. Al terminar
coge el morral. Sale. Otra vez el corredor. Lo atraviesa mirando sus pasos sobre
la alfombra (en realidad no quiere ver hacia adelante para evitar a Félix, los
ojos de Félix). Baja los peldaños como de costumbre: dos y dos son cuatro,
cuatro y dos... Cruza el vestíbulo y el comedor. Tu desayuno está servido. Se
sienta a la mesa sin decir una palabra. La rebanada de pan tostado cubierto de
mantequilla. Las hojuelas de maíz anegadas en una leche blanca, tan blanca como
la sobremesa. Date prisa o llegarás tarde al colegio. Da dos o tres mordidas a
la rebanada de pan; la deja a un lado. Sorbe dos o tres cucharadas de corn
flakes. Prefiere terminar con este último.
Una vez en la calle respira el aire fresco de la mañana aún no
contaminado por las bocanadas impuras de los vehículos. Mira hacia oriente la
pelota dorada que lo ciega durante algunos minutos. Será un buen día. Sube a la
bicicleta y comienza a pedalear muy suavemente.
Van pasando a su lado las cómodas casas de dos plantas, los
amplios jardines cercados con esa verja baja, natural; los chaguaramos, el
parque donde suele venir por las tardes a jugar. Maniobra hábilmente para
esquivar un hidrante que se ha entrometido en su camino. A veces la calzada es
más segura. Decide que en la próxima rampa la tomará. Así lo hace. Ahora su
pedaleo tiene un ritmo más vehemente.
Se apoya sobre los pedales y el manubrio y se separa un poco
del asiento para no sentir esa desagradable vibración al pasar sobre la
alcantarilla próxima. Sin saber por qué, se va reconstruyendo poco a poco en su
memoria la escena de la noche anterior. El tío, sentado en el vestíbulo,
conversaba de manera efusiva con dos amigos (había venido por petición de su
hermana, pues esa noche, ella tenía que salir y no le gustaba dejar a los niños
solos) mientras Daniel Santos se desgañitaba con obstinación desde el aparato de
sonido. Él, sentado en un peldaño de la escalera, la cabeza reclinada entre los
pilares del pasamano, escuchaba atento las voces del tío y de sus acompañantes
que se imponían fogosamente sobre la voz palpitante de Santos.
—Claro que no son patrañas.
—¡Eso es absurdo, viejo!
—También leí algo al respecto en un número de
Selecciones. Algunos pueblos primitivos de la antigüedad tenían la
creencia extendida de que los antepasados reencarnaban dentro de su propia
familia. En muchas tribus se enterraba a los hijos muertos junto al hogar
paterno y, a veces, la madre se comía un trozo de su oreja esperando que su alma
volviera a nacer en la familia.
—¡Jesucristo! ¡Vaya clase de salvajes!
—En la India se cree que la reencarnación está regida por el
karma, una especie de ley de causas y efectos que podría traducirse como
"cada uno recoge el bien o el mal que antes haya sembrado".
—¿Y qué con eso?
—Pues que existe la posibilidad de que en tu siguiente vida
seas un animal, el que más hayas detestado y al que más maldades le hayas
arriado durante esta vida.
—¡Dios Santo!
—Un proverbio en sánscrito dice: mam sa khadatiti
mansah. "Ahora me estoy comiendo la carne de un animal, que algún día, en el
futuro, será mi carne".
Él no siente la vibración (que tanto le desagrada) que produce
en todo su cuerpo el paso sobre esa otra alcantarilla. Va demasiado abstraído.
Tampoco advierte el cambio de luces que le indica que debería detener su carrera
antes de llegar a la esquina.
La colisión es inevitable.
La bicicleta queda bajo las ruedas del Hornet y él, cinco
metros más allá, sobre la calzada dura y fría. Siente cómo la gente que pasaba
por allí empieza rápidamente a rodearlo. Quiere abrir los ojos pero estos no le
obedecen de inmediato, sino rato después. Escucha ruidos, voces: él se atravesó,
me correspondía el paso
hay que llevarlo a un hospital
rápido, rápido
¿y la madre?, hay que avisarle a la madre
la placa, ¿alguien tomó el serial de la placa?
rápido, rápido
él se atravesó, me correspondía el paso
era apenas un niño, qué lástima
que alguien haga algo, por Dios
lo lanzó a ocho metros, diez quizás
miren, parece que reacciona
sí, sí
llévenlo a un hospital
rápido, rápido
… y el lamento palpitante de sus órganos.
Ve por fin cuerpos y rostros agitarse sobre él, deformes,
grotescos, como reflejados por espejos de feria. Debe ser el aturdimiento,
piensa. Los ve moverse, inclinarse sobre él, erguirse, desaparecer y regresar
otra vez. ¿Qué te duele, hijo? Pero él no alcanza a contestar porque poco a poco
comienza a perder la definición del mundo (el ruido de su maquinaria también se
extingue), de los cuerpos, de los rostros que lo rodean, de su propia fisonomía
sepultada por esa bruma infinitamente oscura y espesa.
Abre bruscamente los ojos. Sólo percibe una escasa gama de
tonos grises. Los cierra. Vuelve a abrirlos. Todo sigue igual. Sólo tonos
grises. Es entonces cuando se da cuenta de la terrible verdad. No puede
explicárselo. Sin embargo está allí, echado sobre sus extremidades traseras,
meneando la cola larga y flexible mientras mira hacia un punto indefinido en el
horizonte, con sus redondos ojos verdes, profundos y verdes (como los ojos de
Félix), y una parte de sí aterrada y la otra tranquila, serena, como si este
inesperado aspecto hubiera sido el de siempre, el de toda la vida.
Levanta su pata anterior izquierda: cinco dedos provistos de
cojinetes carnosos y de garras curvas y retráctiles. Sin poder evitarlo, pasa la
lengua escabrosa sobre ella, varias veces, para luego llevársela a la cabeza
pequeña y redondeada y desde el nacimiento mismo de sus orejas erguidas,
puntiagudas, deslizarla (varias veces) hasta el extremo del hocico lacónico y
achatado.
Termina su aseo. Se levanta. Camina. Los primeros pasos le
parece darlos en el aire. Se detiene. Mira sus patas. Ya te acostumbrarás,
piensa con indiferencia, como si esto que le está ocurriendo fuese natural, como
si no tuviera importancia, como si no hubiera que gritar horrorizado y correr,
correr desesperado hasta lograr salir de ese aspecto absurdo, detestable, que
nunca deseó pues estaba satisfecho del suyo, de lo que era antes de ésto. Pero
sabe con certeza (no puede saber por qué) que desde este momento su razón no
domina, que ha pasado a segundo plano, que será el instinto el que impondrá las
nuevas reglas del juego puesto que es bien conocido que los animales no
piensan.
Varios muchachos lo sorprenden bajando los peldaños
encementados, sucios, irregulares, en una vereda de casas miserables. Otra vez
el instinto. Corre. Los niños lo siguen. Si logran alcanzarlo, atraparlo, harán
con él lo que él hacía con Félix. Lo sabe. Comenzarán por dejarlo caer patas
arriba desde distancias que paulatinamente se irían incrementando hasta el punto
de lanzarlo por los aires sin ninguna consideración. Cuando esto les haya
cansado, aburrido, seguirían las latas atadas a la cola y la persecución
interminable a través de un trecho largo, infinito, dejando tras de sí la
bochornosa estela chirriosa de las latas contra el suelo y la risotada indolente
de sus perseguidores. Todo esto se prolongaría hasta que algún adulto les pida,
les ordene, dejar en paz a ese pobre animal.
Trepa velozmente sobre los cestos de la basura. De allí a la
pared. Para continuar luego hacia el tejado donde se detiene un momento a mirar
la expresión de desilusión en los rostros de los niños que han dejado escapar
una buena ocasión para divertirse.
Reanuda su paso sosegado, mesurado, ahora sobre esa techumbre
herrumbrosa, abollada, sobre la que reposa toda clase de artefactos mutilados
por los años de uso y que hoy sólo sirve para estar tendida y hacer peso sobre
las podridas láminas de metal: cauchos, planchas, parrillas de ventiladores
atadas a tubos desproporcionados. La escena se repite. Pareciera multiplicarse.
Hacerse infinita en esa vasta extensión de kilómetros hasta donde no alcanza a
llegar su mirada.
Contempla cómo la pelota dorada parte el firmamento en dos
porciones desiguales, tragando más azul hacia occidente. Las láminas de zinc han
comenzado a calentarse bajo sus patas. Ya no es un buen sitio para estar. Decide
bajar y buscar otro lugar. Lo hace. Una vez en el suelo escucha el gruñir de su
panza exigiéndole alimento. No piensa. Para qué. Ha comprobado que el instinto
es más fuerte que la razón. Y lo es. Escucha ruidos. Con rapidez se vuelve hacia
su izquierda. Allí está, a unos cuantos metros, la pequeña lagartija bañada por
los chorros de luz que se desprenden de la pelota dorada. Él se contrae sobre sí
mismo hasta comprobar que todo el peso de su cuerpo recae sobre sus miembros
traseros. Observa pacientemente. Ella está quieta, inmóvil, como una estatuilla
de bronce. La cabeza erguida, de vez en cuando saca la lengua estrecha y
bifurcada. Él se decide: raudo salta sobre su presa. En el primer instante de
acoso la lagartija duda, después se mueve de forma vertiginosa entre los
zarpazos continuos de él. A él le agrada, le complace, le satisface la zozobra
de ella entre su hostigamiento inagotable: la deja correr un trecho largo, luego
le cierra el paso; ella, confundida, inmensamente agotada, vuelve sobre sus
pasos. La deja correr otro trecho. La detiene una vez más. Esta vez, la pata
izquierda sobre el cuerpecillo cimbreante de ella. Le da zarpazos cortos, suaves
pero muy veloces. Ella parece no reaccionar. Parece doblegada ante su ineludible
destino. Él presiona un poco (no demasiado); la siente acezante bajo su pata. La
cola se mueve moribunda en un último recurso de escape. Él decide dar el zarpazo
final. Lo hace sobre esa cola de movimientos quedos (cae en la trampa) que lo
atrae de manera seductora. Las garras hundidas en un pedazo de cuerpo que se
agita en contorsiones múltiples, mientras que el otro pedazo, el más suculento,
escapa a través de esa grieta inoportuna en la pared. Se siente tontamente
estafado, y, lo que es peor, con el mismo apetito. No pasará otra vez. Lo sabe.
Se aprende de los errores.
Reanuda su paso sosegado, mesurado, a través de esa vereda que
se apaga con lentitud sobre su lomo flaco, junto con los últimos suspiros de la
pelota dorada que se repliega sobre sí misma hacia occidente, triste,
miserable.
Se esconde a un lado de los cestos de la basura. No ha
encontrado nada que valga la pena en ellos, así que ha decidido esperar a algún
otro visitante. Su percepción visual se ha agudizado ahora que la opacidad cubre
todos los cuerpos en su entorno. Aguarda pacientemente. El paso de las horas no
tiene ninguna importancia. Esa idea fija, absurda por demás, en el recorrido
estúpido, inútil, de las manecillas del reloj, ha salido para siempre de su
mundo. Podría estarse allí toda la noche, trasnocharse sin preocupación alguna,
pues al amanecer nada lo esperaba, ninguna actividad necia que perturbe sus
deseos, sus instintos; la necesidad urgente de satisfacer sus ansias. Escucha
ruidos. Un insecto nocturno. Mejor que nada. Se contrae sobre sí mismo. Espera a
que el insecto detenga su ágil carrera. Lo hace. Erguido sobre sus ligeras
extremidades mueve con disonancia las antenas. Es asqueroso, pero el hambre...
Se echa sobre él que cruje bajo el peso de su cuerpo. El hocico directo a la
cabeza. Se aprende de los errores. En este instante su víctima cruje entre sus
dientes afilados. Escucha con atención ese sonido seco, como el gemido de hojas
muertas bajo los pies. Las patas del insecto se enredan entre sus bigotes, no
dejan de moverse hasta que se pierden en su hocico chato. Mejor que nada.
Regresa a su lugar. Aguarda. Otro visitante ha de llegar pronto. No es demasiada
larga la espera. Una rata inmensa, casi de sus mismas dimensiones, aparece desde
la penumbra. Tiembla. Es lo mejor que le ha pasado en toda la tarde. Sin
pensarlo se echa sobre ella. La rata, desconcertada, se bate bruscamente bajo su
cuerpo. Él trata de asegurarla con el firme alicate de sus mandíbulas, sin
embargo, ella logra zafarse. Corre. Él va tras de ella. No puede dejarla escapar
(es lo mejor que le ha pasado en toda la tarde). Sabe que si ella consigue
llegar a la calzada desaparecerá a través de una alcantarilla o cualquier otro
desagüe. Imprime mayor ritmo a sus zancadas. De repente comienza a ver la
claridad que se cuela a la boca de la vereda desde el alumbrado de la calle. No
puede perderla. No puede dejar que escape. No encontrará nada mejor. Nada.
La rata entra en la calzada. Él siempre detrás de ella. El
sonido estridente de una bocina lo hace detenerse en el acto. Mira hacia su
derecha. Esos ojos luminosos lo ciegan. Escucha muy de cerca el rugir de la
máquina, inmediatamente después, ese chillido agudo, obtuso, que el dolor le
hace comprender que es su propio chillido. Siente que los fierros calientes
golpean su cabeza, su lomo, cada parte de su cuerpo estrellándolo contra el
pavimento duro. Queda inerte sobre la calzada. No sabe cuántas volteretas dio
bajo esa melodía metálica. Hace un esfuerzo sobrenatural para arrastrarse hasta
el hombrillo y evitar que otro vehículo lo aplaste. Al llegar, apoya la cabeza
sobre el borde de la acera. La respiración jadeante. Oye susurros a su
alrededor, bocinas, gruñir de tubos de escape, pobre animal, la palpitación
apresurada de sus órganos. Siente cómo las luces de neón se apagan, se extinguen
lentamente sobre su cuerpo.
Abre bruscamente los ojos. Despierta entre la suavidad de las
sábanas. Mira el mosquitero. Se deja llevar por la tela transparente hasta el
punto donde éste nace, cae, se abre para cubrir con sus delicados brazos la
ancha geografía de la cama. Está en su cuarto. Todo lo ha soñado. Se alegra de
que sea así. De que sea ahora cuando en realidad despierta; cuando mira su
retrato colgado en la pared; las medallas (forman una "v" exacta). Nunca más
volverá a escuchar una conversación de adultos. Nunca más volverá a maltratar a
Félix, patearlo, lanzarlo por los aires patas arriba... El alarido del reloj
despertador lo hace inclinarse con premura hacia el extremo derecho de la
cabecera de la cama, donde está la mesita de noche. Presiona la palanquilla que
hace callar a la garganta metálica. Se levanta. Los pies desnudos sobre las
baldosas frías. Recuerda las palabras de la... Todo tal cual lo soñó. Otras
veces le ha pasado, repetir cada cosa como lo ha hecho en los sueños. Sale. La
alfombra tibia bajo los pies. Camina por el corredor...
Sin embargo, lo que no sabe, lo que ignora (hasta que vuelva en
sí), es que está tirado a un borde de la calzada, inconsciente, con un hilillo
de sangre saliéndole del hocico, en una ridícula posición contorsionada,
iluminado por las luces de neón que preservan su letargo, su sopor, su sueño
grato de volver a ser niño.
® Víctor Vegas
Datos del autor
Víctor Vegas (Barquisimeto-Venezuela, 1967) es Ingeniero
en Informática egresado de la Universidad Centroccidental
Lisandro Alvarado. Desde 1992 se desempeña en el sector
privado. Sus aciertos en el área de IT le han valido la
atención de importantes publicaciones especializadas como
Byte, P&M y IT Manager. Paralelo a su carrera profesional
ha desarrollado una discreta trayectoria literaria. Sus textos
han aparecido en revistas, prensa escrita y en la web, obteniendo
algunos de ellos, premios y reconocimientos dentro y fuera de
Venezuela. A partir de 1993, por voluntad propia, se aleja del
entorno literario, sin embargo, retorna en 2001 como colaborador
de las páginas de opinión del diario El Nacional.
Mantiene inédito los libros de relatos Textos Snobs y Mensajes
en la pared y los poemarios Ecos Cotidianos y Convicciones, además
de varias obras de teatro. En la actualidad colabora para el diario
El Impulso de Barquisimeto. Reside en la ciudad de Caracas.
Escribir viene a ser el más arraigado de mis vicios. He
intentado dejarlo pero ha sido en vano. Una tarea imposible. De
hecho me aparté de él durante poco más de
ocho años. En ese período apenas leía. En
ese período, como cierto tipo de gente que busca ocultar
su sexualidad detrás de una fachada fingida, yo me perdí
en los vericuetos de una profesión que poco o nada tenía
que ver con la literatura. Pero como la sexualidad no puede ocultarse
por siempre, y llegado el momento salta como lava de volcán,
mi vicio ha retornado con mayor violencia. Tanto que en un arrebato
romántico, o mejor, de completa locura, he decidido dedicarme
a él por entero. ¡Dios salve a los ingenuos!
Otros textos en internet de este autor en:
The
Barcelona Review # 40. Enero-Febrero 2004.
Almiar
# 14. Enero-Febrero 2004.
Revista Oxigen
# 12. Enero-Marzo 2004.
El Grito
# 1, 8, 12, 15, 17, 18 y 20. Editorial CELYA
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