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Al instante del impacto, el poderoso estallido lo despertó en
su cama. Agitado se incorporó. Sudaba a mares, y el silencio total en el que se
encontraba lo inquietó hasta la cruel angustia. Seguía soñando, pensó. Era su
dormitorio de niño, tal cual lo evocaba, era como retroceder veinticinco años
hacia el pasado. Se levantó ansioso, preguntándose qué estaba sucediendo. Y al
bajar tembloroso las escaleras, en pijama, y ver a su madre sentada a la mesa,
la consternación lo fulminó y cayó desmayado al piso. Ella había fallecido hacía
cinco años, y ahora estaba ahí, enfrente suyo, viva y mucho más joven de lo que
la recordaba.
Le costó mucho entender esa elipsis extraordinaria en la que se
hallaba, causada por algún mágico azar del destino, pero al fin, no sólo la
aceptó, sino que también la agradeció. Era niño de nuevo, pero con inteligencia
de adulto y, mejor aún, con los nítidos recuerdos de uno.
Se juró nunca revelar a nadie su fantástico secreto, y
aprovechó la dádiva que Dios le concedía. Y desde ese momento el chico perezoso
y común, casi mediocre, de la casa de los Haslam, se transformó en un estudiante
brillante, superdotado, de personalidad avasalladora, de esos genios que nacen
uno en cada siglo. Y pronto demostró que no sólo se quedaba en las aptitudes
académicas; su ingenio, su inventiva, su arte, lo hicieron millonario siendo
todavía adolescente.
Conocedor de la historia escrita del siguiente cuarto de siglo,
se convirtió en cantante y compositor, logrando colocar más de cien éxitos en la
cima de las listas musicales de todo el orbe; como cineasta ganó cuanto premio
había y fue ensalzado a la altura de los maestros. Y en su labor de escritor su
creación fue tan rica, vanguardista y admirable que tuvo el honroso
reconocimiento de ser el más joven merecedor del nobel de literatura. Pero su
aporte de mayor significancia lo entregó como inventor, mejorando la calidad de
vida de miles de millones de personas; cientos fueron las revolucionarias y
lucrativas invenciones de su multinacional empresa, que cambiaron la
cotidianidad y la economía de la época, radicalmente.
En su feliz fábula fue aclamado también el Nostradamus
moderno, y se le veneró casi como a un profeta en todas las naciones
civilizadas. Predijo con exactitud prodigiosa los acontecimientos más
relevantes; las guerras, las epidemias, las grandes tragedias, los escándalos y
las muertes de famosos, muchas veces, incluso, alterando los acontecimientos
venideros con la revelación pública de sus presuntas visiones.
Así transcurrió el tiempo presuroso, haciendo de él el
personaje de moda cada temporada. En el mundo no hubo periódico, revista ni
programa televisivo o radial que no alabara su genio, ni conversación cotidiana
que no clamara su nombre; fue realmente una leyenda viviente; la figura del
milenio, para muchos más grande aun que el mismo Jesús. Pero con el arribo del
decenio del 90, a pesar de las insistentes protestas mundiales y de los
suicidios colectivos de algunos devotos, anunció su retiro definitivo de la
actividad pública. Se excusó arguyendo que ya había entregado demasiado a la
humanidad, y a los treinta y ocho años se sentía exhausto. Sólo él sabía que se
habían agotado sus anales, y, con ellos, su prodigio. Y se halló completamente
solo a pesar de la inmensa fama, de su incalculable fortuna y de las cerca de
mil mujeres que había poseído.
Meses después, ya en recogimiento, una mañana fría de noviembre
el destino lo encontró, huyendo quién sabe de qué, en una lujosa habitación de
un céntrico hotel de Gotemburgo, a quince mil kilómetros del nevado puente de
sus recuerdos. No quiso levantarse ese jueves, y abrió los ojos sólo para
descolgar el teléfono, tragarse dos valiums más y volverse a dormir. Su
único acompañante, un felpudo gato gris, hizo lo propio a sus pies.
Al fin se despertó en la madrugada del siguiente día y
torpemente salió del cuarto. Caminó descalzo y sin rumbo por un rato, hasta que
se encontró sobre la suave alfombra de la sala de estar. Entonces levantó el
auricular del teléfono para pedir algo de comer al servicio del hotel, pero no
pudo comunicarse (recordó que la otra bocina estaba descolgada junto a la cama).
Aunque creyó escuchar algo, y con el aparato pegado a su oído puso especial
atención al ruido. Había un misterioso sonido acompasado y lento, que descifró
después de unos instantes. Temeroso, dio media vuelta y miró hacia la puerta
entreabierta de su alcoba. Vio al gato salir huyendo de ahí, dando un
espeluznante maullido, en el justo momento en que la respiración del otro lado
del receptor, en el interior del dormitorio, se hacía más vasta, más macabra,
sobrehumana. El animal estaba engrifado, tal como si hubiera visto un fantasma,
y se agazapó bajo un sillón con los ojos saliéndose de sus cuencas.
La puerta de la recámara se abrió lentamente llevándole un frío
sideral a sus sentidos, y el auricular se deslizó por sus manos terminando en el
suelo. Bajo el umbral, inclinándose para traspasarlo, se asomó eso que se
había aparecido en la carretera exactamente hacía un cuarto de siglo atrás;
eso alto, oscuro y siniestro… sin vida. El espectro, calmo caminó hacia
él, casi flameando por la amplia habitación. Con un susto de muerte Jorge se
derrumbó, quedando de rodillas en el piso, y luego, gimiendo apenas algún
estéril rezo desesperado, agachó la cabeza con resignación. Había llegado el
temido momento de pagar su deuda.
El lúgubre ser, en silencio y sin preámbulos, rechinando
furioso unos dientes invisibles, levantó su hoz inmensa, reluciente a pesar de
la penumbra dominante, y lo golpeó con rabia, con una cólera infinita, varias
veces, con saña, con odio poderoso, cegando su vida, borrando su nombre, su
cuerpo, su espíritu, pulverizando hasta la más mínima huella de su existencia en
esa ficticia dimensión…
Jorge Haslam, solitario profesor universitario de historia y
música, y escritor frustrado, fue hallado muerto bajo un puente entre los
fierros retorcidos de su automóvil. Su cuerpo fue reclamado a la morgue recién
al octavo día de su fallecimiento, por su compañía de seguros, pues a más nadie
le preocupaba su ausencia.
Diciembre de 2003
® Hugo Aqueveque
Sobre el autor:
Soy
chileno, casado, de 31 años, y vivo en Suecia. Soy contador en la
vida real y escritor aficionado en la oscuridad, una pasión que
descubrí hace muy poco. En junio del 2000 escribí mi primer cuento,
un homenaje a mi viejo en su primer aniversario de muerte (mi seudónimo
son sus segundos nombres). Desde entonces he terminado una veintena
de relatos, cortos y extensos. Mis historias son diversas y las
temáticas también, no me inclino por ningún género en especial,
he escrito terror, drama, erótico, ciencia ficción, romance, lírico
y fantástico, sin embargo éste último me es inevitable por lo general.
Supongo que por la frustración la magia se me arranca cuando escribo.
Seguramente no encontrarán mayor calidad literaria en mis cuentos,
pero les garantizo que no se arrepentirán. Trato de escribir siempre
en forma inteligente, atando todos los cabos, haciendo historias
lógicas y creíbles, entretenidas, nunca subestimando al lector.
Si me pidieran alguna recomendación de mis relatos, les sugiero
"El Acuerdo"; "Sugestión"; "Los Maestros de Ryan Weill"; "El Extraño";
"Caza de Gatos"; y "La tierra de los muertos".
Yendo más a lo personal, soy un fanático del cine (de todos los
tiempos y países), aficionado al alcohol de vez en cuando (consecuencia
del frío sueco) y a la cocina (como cocinero y comensal), me gusta
la computación e internet y por ahí tengo algunas cosas en la red.
Me encanta la historia (europea y latinoamericana especialmente)
y también me agrada la buena música, desde la clásica al metal,
de lo latino a la música incidental. Mis favoritos en ese sentido
son Metallica, Danny Elfman y Vivaldi
De literatura sé poco, porque fui un pésimo lector
hasta hace un tiempo atrás, pero me reformé. Tal vez por esa inexperiencia
es que prefiero a los cuentistas, como Quiroga, Chejov, Poe, Borges,
Baldomero Lillo, Maupassant, Kafka y Ambrose Bierce.
Si
quieren contactarse conmigo, escríbanme a
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